lunes, 15 de julio de 2013

El viaje a un mundo mágico: CUENTOS_ANTOLOGÍA.

El viaje a un mundo mágico
Introducción

El mundo de los niños y niñas es un mundo mágico, lleno de sueños, ilusiones, aventuras y amigos imaginarios que solo en ellos pueden existir.
La literatura infantil, recoge todo este arsenal de cosas hermosas e interesantes, en la cual los niños y niñas le dan valor, forma y emoción, de allí que tantos cuentos antiguos hecho para ellos, siguen causando gran furor en la actualidad y permanecen tocando los corazones e inquietándolos cada día más. Es importante que en la lectura de estos textos se involucren los padres, madres y representantes ya que son los grandes mediadores y responsables de que los niños tengan una buena educación.
Esta literatura abarca una amplia gama de herramientas útiles en todo momento para así obtener un sano crecimiento y desarrollo. Cabe destacar que no sólo existen cuentos que puedan atrapar y envolver a los niños y niñas, también están las leyendas, fabulas, mitos, retahílas poesías, canciones entre otras, escritas con sutileza y con mucha imaginación para los interesados que desde muy temprana edad comienzan con gran amor por la lectura.
En las paginas que a continuación podrás observar, encontrarás un sin fin de material diseñado exclusivamente para enriquecer y recrear no solo a los niños y niñas, también a todas aquellas personas amantes de la lectura.
    Cuentos
La cometa que le dio la vuelta al mundo

Yo era muy pequeño cuando el tío Ramón Enrique remontó una cometa que le dio la vuelta al mundo.
Un domingo en la mañana la puso en el aire y la mantuvo allí día y noche, durante muchos meses, con ayuda de los muchachos de la cuadra.
Un día, después de usar como ciento treinta mil rollos de hilo, supo que la cometa le había dado la vuelta al mundo porque apareció volando a su espalda.
Y aunque se veía que la pobre había soportado calores y tempestades, pues tenía el papel descolorido y la cola desgastada, él no dudó de que fuera la suya, porque le había pintado una sonrisa y la sonrisa se mantenía intacta.


Cuento venezolano de Armando José Sequera.


El hojarasquerito del monte

Una vez, Tío Conejo y Tío Tigre estaban en el monte. Tío Conejo, que no perdía oportunidad de hacerle alguna broma a Tío Tigre, vio un avispero y dijo:
¡Caramba, Tío Tigre, qué mamey tan bonito! ¿Por qué no lo alcanza y nos lo comemos entre los dos? Pero, Tío Tigre quiso comérselo todo él solo y se lo metió rápidamente en la boca. Entonces, todas las avispas se alborotaron y lo picaron y Tío Tigre daba saltos de dolor. Tío Conejo fue corriendo a esconderse.
Tío Tigre pensó entonces que la mejor manera de agarrar a Tío Conejo era esperándolo a la orilla del río, pues tenía que ir a beber agua allí.
Pasaron días y Tío Conejo ya estaba muriendo de sed.
Entonces, se le ocurrió hacer lo siguiente: fue a casa de las abejas y les pidió un poco de miel y con esto se untó todo el cuerpo, luego se revolcó en una hojarasca y todo cubierto de aquellas hojas, se fue al río a beber agua.
Tío Tigre, que estaba esperando a Tío Conejo, se extraño de ver un animal que no conocía y que tomaba tanta agua, y le dijo:
Hojarasquerito del monte, ¿desde cuándo no tomabas agua?
Y así, varias veces, pero Tío Conejo no le contestaba y seguía bebiendo.

Ya cuando estuvo satisfecho, le dijo a Tío Tigre:
Desde el día que te hice tragar aquel avispero.
Y se fue corriendo para que no lo alcanzara.


Cuento venezolano de Rafael Rivero Oramas.


Pequeña sirenita nocturna

El mismo día que cumplí once años, el tío Ramón Enrique salió bien temprano para el Parque Morrocoy y cerca de una de las islas pescó una sirenita. Por la tarde, cuando regresó a Barquisimeto, la metió en una jarra transparente y me la regaló.
La sirena hacía un ruido con la garganta que sonaba como “olaadi” y así la llamamos. Era del tamaño de una anchoa, tenía el cabello rubio y largo, tan largo que cubría toda la espalda. Su mitad de mujer era tibia y muy suave y la de pez bastante áspera. Lo que más me gustaba de ella eran sus ojos enormes y sus pechos chiquitos como un par de frijoles.
Al principio nadaba asustada en círculo dentro de la jarra, a la que puse en mi mesa de noche. Luego se quedó tranquila, cuando miró en lo profundo de mis ojos y supo que yo era incapaz de hacerle daño.
Durante los primeros días la tía Petra, mamá y mi abuela se escandalizaron de su desnudez y no recuerdo cuál de ellas le cosió unos sujetadores que se negó a usar. Después la aceptaron como estaba y hasta le tomaron cariño, sobre todo desde la tarde en que comenzó a cantar.
Esa tarde con su voz delgadita como hilo del que cuelgan las gotas de lluvia, entonó una canción que resquebrajó la jarra y estuvo a punto de causarle una desgracia. A partir de ese momento, cada vez que cantaba la metíamos en una olla de peltre, en cuya superficie sobrenadaba un tapón de corcho que ella usaba como asiento flotante.
En el año y medio que vivió con nosotros aprendió a hablar como los indios de la televisión y repetía con acento extranjero todas las groserías  que mis primos, mi hermano y yo le enseñábamos.
Como antes de dormirse en el fondo de la jarra le encantaba escuchar la música de Mozart, a partir de no sé qué momento y hasta que la devolvimos al mar, la llamamos “pequeña sirenita nocturna.” Después el nombre nos pareció muy largo y solamente la llamamos “pequeña” únicamente tía Petra siguió llamándola Olaadí.
Un amanecer me despertó su llanto. Gemía con ese silbido cristalino que hacen las copas llenas de agua, cuando hace frío y se les acarician los bordes.
Demoró bastante en serenarse. Cuando lo hozo me habló con franqueza. Me dijo que desde hacia varias noches esperaba que yo me durmiera para ponerse a llorar. No quería no quería que me sintiera culpable de su tristeza.
Me molestó saber que quería volver al mar, pero al rato comprendí que ella vivía en la jarra como prisionera y no como una amiga.
Esa misma mañana tío Ramón Enrique nos llevó hasta la isla donde la había capturado. Tardamos casi tres horas en llegar y, durante el viaje, a la sirena se le alegraron los ojos como si repentinamente se hubiera enamorado.
Se emocionó tanto al ver el mar que subió hasta el borde de la jarra y varias veces saltó fuer de esta como un delfín.
La última parte del viaje la hicimos a bordo de una lancha y, para espantarme la tristeza, la sirena cantó a dúo con el tío Funiculí Funiculá, una canción italiana.
Ya en la isla, la saqué de la jarra, la abracé con el meñique de mi mano derecha y la coloqué en la playa sobre un caracol vacío.
El mar la borró con la siguiente ola.
Antes de irse, sonrió, alzó y agitó el brazo y dijo como en las películas de vaqueros:
¡Vayan con Dios, amigos!
Cuando no la vimos más, sentí que me ardía la mirada porque dos lágrimas trataban de deslizarse fuera de ella.
¿Te cayó arena en los ojos? Preguntó tío.
Sí respondí.
A mí también dijo y, abrazándome, me llevó hasta el automóvil.Cuento
venezolano de Armando José Sequera.


Tía Zorra y los Peces

Un día, muy de mañana, Tío Zorro andaba por el bosque y, al pasar junto a un río, vio una gran cantidad de peces nadando dentro de un pozo.
Entusiasmado, se puso a pescar y eran tantos los peces, que en muy corto tiempo pescó tres hermosas guabinas.
Muy contento se fue a su casa y le dijo a su mujer:
¡Tía Zorrita, mira qué suerte tuve hoy!
¡Oh, que guabinas tan enormes! Exclamo Tía Zorra, relamiéndose de gusto.
Sí, son tan grandes que bastará con una sola para cada uno de nosotros. Por eso he pensado en convidar a Tío Tigre a almorzar.
Como tú digas, querido Tío Zorro. Freiré con mucho esmero las guabinas.
¡Quedaran muy ricas! Ve a invitar a Tío Tigre.
Tío Zorro se frotó las manos satisfechas y salió en busca de Tío Tigre. Tía Zorra se puso a preparar los peces. Cuando estuvieron bien fritos, era tan apetitoso el olor que despedían que murmuró:
Voy a probar la guabina que me toca, a ver si ha quedado bien de sal. Un pedacito nada más.
Comenzó a pellizcar el pescado, y lo encontró tan sabroso que se olvidó de lo que había dicho. En pocos segundos el plato quedó limpio. Estaba delicioso. Es necesario que pruebe el de Tío Zorro; él es muy delicado, y si la guabina suya no está bien frita, seguro que se molestará.
Se comió la colita tostada, luego una aletica, después la cabeza, y cuando vino a fijarse, toda la guabina de Tío Zorro había desaparecido.
¡Dios mío, me la he comido íntegra! Exclamó. Pero el daño está hecho; ya no importa que me coma también la última. Y se la comió igualmente.
Al fin, llegó Tío Zorro acompañado de Tío Tigre y le preguntó a su mujer:
¿Has preparado ya las guabinas?
¡Claro que sí! Las tengo en el fuego para que no se enfríen mintió ella.
Sírvelas pronto, que tenemos mucho apetito. ¿Verdad, Tío Tigre?
Indudablemente, Tío Zorro. Yo, por lo menos… y con el olorcito a pescado frito que hay aquí…
Voy a poner la mesa. Siéntese allí, Tío Tigre.
Gracias, Tía Zorra.
Tío Tigre se sentó y Tía Zorra llamó aparte a su marido.
Anda al patío y afila bien los cuchillos, las guabinas eran muy viejas y han quedado sumamente duras.
Tío Zorro fue al patio, y al ratico se empezó a escuchar el ruido de los cuchillos contra la piedra afilar. Tía Zorra se acercó a Tío Tigre y le dijo:
¿Escucha usted? Mi marido está afilando un cuchillo. Se ha vuelto loco y tiene la manía de comerse las orejas suyas, Tío Tigre. ¡Huya, antes de que él regrese, por favor!
Tío Tigre se lleno de espanto y salió de la casa a todo correr. Entonces Tía Zorra comenzó a gritar:
Tío Zorro, Tío Zorro ¡Ven pronto, Tío Tigre se llevo todas las guabinas!
Tío Zorro, con un cuchillo en cada mano, echó a correr detrás de Tío Tigre.
¡Tío Tigre, Tío Tigrito ¡ le decía. ¡Deme siquiera una solita!
Y Tío Tigre, creyendo que Tío Zorro se refería a sus orejas, apretó el paso, lleno de miedo, y no paró hasta que estuvo bien seguro en su casa.


Cuento venezolano de Rafael Oramas.



El patio de la abuela

La abuela es pobre y no tiene muchas cosas, pero tiene. Tiene el aire que juega debajo de la mata de mango y los frutos de mejillas de oro con que regala a los niños más negritos del mundo.
Señora, permiso
¿Qué quieres?
Un mango
Entra, pero no me dejes las conchas en el patio.
Los árboles rodean la casa de la abuela, vienen sembrados desde el río y se inclinan con la brisa del atardecer, huelan las tejas lentamente adormecidos y van sabiendo de cada uno de nosotros; las acacias tienen la timidez de una pestaña y los helechos extienden un pálpito de manos sobre la redondez del aire. Un lagartijo aquí muy cerca, hace el amor con una lagartija. Los dos son verdes, pero rojos.
Y se muerden el cuello y refriegan temblorosamente contrapunteados por el sol del mediodía. Resuellan y se aman. Y se separan como si no se conocieran.
El patio de la abuela es un camino de piedras con ojeras. Y es la abuela, tan alta y extendida, tan sonriente, que parece que siempre amaneciera en cada una de las palabras que brotan desde el patio, como flores. Uno se ve durmiendo poco a poco debajo de la piel de la abuela, en el patio, a su manera de quererlo a uno.
Tiene todo lo que una abuela quiere tener: un patio, un árbol, una silla, un nieto y una flor. Por dentro tiene añales y caminos y cuentos de nunca contar. Se le ve en los ojos.



Cuento venezolano de Orlando Araujo.


Uribí, la madrina de las palabras

Por los caminos del universo viaja Uribí. Lleva siempre una sesta tejida con hilos de oro y plata. Allí guarda las semillas de las palabras. Viaja en una estrella fugaz por el espacio celeste, para entregar su semilla a las niñas y a los niños que se preparan para nacer.

Los padres, hermanos, tíos, abuelos y amigos se la ayudan a cultivar con voces, leyendas, juegos, cantos y cuentos. Las semillas de las palabras germinan con los rayos del Sol, el viento, el agua, el calor de la tierra y el amor de la gente. Así surgen las diferentes lenguas que hablan los hombres, pero todas vienen de las semillas del canasto de Uribí.

A veces está tan ocupada entregando las semillas que no llega a tiempo, y un niño y una niña nacen sin regalo de Uribí. Entonces, les damos amor y paciencia de los frutos del lenguaje: señas, voces, dibujos, pantomimas y danzas para que puedan conversar y ser felices. Así, la madrina de las palabras no está triste.

Una noche, mientras Uribí dormía acurrucada en una estrella, un loro le robó una semilla y la repartió entre sus amigos: un perico, una cotorra y una guacamaya. Por eso ellos también hablan, pero solo un poquito, porque nada más le tocó un pedazo de semilla a cada uno.


 Cuento venezolano de Mari del Pilar Quintero.

La luciérnaga que no quería volar

En un bosque de la exótica Tailandia vivía una numerosa familia de luciérnagas. Su casa era el tronco de un enorme árbol lampati, el más viejo de todo el país. Por la noche las luciérnagas salían del árbol para iluminar la noche con su tenue luz, parecían pequeñas estrellas danzantes. Jugaban entre ellas y creaban figuras en el aire, los pocos que podían ver ése espectáculo por algún casual quedaban anonadados ante tal despliegue de belleza y luces.
Pero no todas las luciérnagas estaban contentas, una de ellas, la más pequeña, se negaba a salir del lampati para volar. Se quería quedar en casa día tras día y pese a que toda su familia la intentaba convencer, ella no quería le dijesen lo que dijesen.
Toda su familia se la miraba preocupada, sobretodo sus padres:
- ¿Porqué nuestra hija no vuela con nosotros? Me gustaría que volara con nosotros y no se quedara en casa – decía su madre.
- Tranquila, mujer. Verás como dentro de poco se le pasa y volará con nosotros – la calmaba su padre.

Pero pasaron los días y la pequeña luciérnaga seguía sin querer salir del árbol lampati. Una noche, con todas las luciérnagas poblando el cielo nocturno del bosque, su abuela se quedó en el árbol para razonar con ella. Con su delicada voz le dijo a su nieta:
- ¿Qué te pasa, mi niña? Nos tienes preocupados a todos, ¿Por qué no sales con nosotros por la noche a divertirte volando?
- No me gusta volar – respondió tajante la pequeña
- Somos luciérnagas, es lo que hacemos mejor. ¿No quieres volar mostrando tu luz e iluminando la noche? – le insistió la abuela.
- La verdad es que… Lo que me pasa es que… - comenzó a explicar la pequeña – Tengo vergüenza. No tiene sentido que ilumine nada si la luna ya lo hace. No me podré comparar nunca ella, soy una chispa diminuta a su lado.
Su abuela la miraba con ojos enternecidos escuchándola atentamente, cuando su nieta hubo acabado la consoló con una sonrisa que la tranquilizo:
- Niña mía, si salieras con nosotros verías algo que te sorprendería. Hay cosas de la luna que aún no sabes…
- ¿Qué es lo que no sé de la luna que todos sabéis? – preguntó la luciérnaga pequeña con curiosidad.
- Pues que la luna no siempre brilla de la misma forma. Depende de la noche brilla entera o la mitad. Incluso hay días que sólo brilla una pequeña parte o se esconde y nos deja todo el trabajo a nosotras las luciérnagas.
- ¿De veras? ¿Hay días que no sale? – preguntó la pequeña con la boca abierta por la sorpresa.
- Te lo prometo querida nieta – le siguió explicando -. La luna cambia con frecuencia.
- ¡Te lo prometo querida nieta! —Continuó explicando la abuela—. La luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras que se hace pequeña. Hay noches en que es enorme, de color rojo, y otros días en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.
Y ésa misma noche, la pequeña luciérnaga salió convencida del lampati con toda su familia a iluminar la noche mientras miraba la luna con una sonrisa de oreja a oreja.

Cuento de Asia


¿Porqué los búhos sólo viven de noche?
Hace muchos años, había un búho cuyo trabajo era teñir. Todos los otros pájaros iban a su árbol para que les tiñera las plumas de colores increíbles y preciosos. Los flamencos rosas y los ibis naranjas eran ejemplos de lo bien que teñía las plumas el búho. Su trabajo les tenía contentos a todos. ¿A todos? No, el cuervo ser reía de ellos y presumía de su plumaje blanco diciendo que nunca visitaría al búho porque no lo necesitaba. Pero en el fondo, deseaba los colores que el búho pintaba.
Hasta que un día, no pudo más y se posó en la rama del árbol donde vivía el búho y le ordenó:
- Quiero que tiñas mis plumas. Pero quiero que sean del color más raro que exista, aquel que nunca hayas usado en otra ave. Quiero ser único.
El búho pensó y pensó, hasta que encontró el color apropiado. El negro. Cuando acabó de teñirle las plumas exclamó:
- He hecho lo que me has pedido. Ahora eres único. Tal como me has pedido, llevas un color distinto al de cualquier otro pájaro. Espero que te guste.
Cuando el cuervo voló hasta un río y se vio reflejado no se lo podía creer. Todas sus plumas eran negras, como si se hubiera revolcado en hollín. Pero ya era demasiado tarde, no se lo podía quitar y se tuvo que resignar. Y es por eso que a partir de ése momento todos los cuervos fueron negros.
Pero los cuervos nunca perdonaron al búho. Si veían alguno durante el día, se echaban encima de él y lo picoteaban y lo arañaban. Los búhos, muertos de miedo, se reunieron encima de un gran cerezo. Ahí decidieron que se esconderían durante el día durmiendo y saldrían por la noche, cuando se fueran a dormir los cuervos, a comer y a hacer su vida. Con el tiempo se acostumbraron y no fueron atacados nunca más.
Cuento de Asia

EL RESCATE DEL SOL

El jefe Wai vivía cerca del lago Tumba con sus mujeres y numerosos sirvientes. Mokele, un muchacho alto y apuesto, era uno de sus hijos. Por aquel entonces, no lucía nunca el sol. Durante el día el cielo permanecía nublado y por la noche brillaba la luna. Un día, Mokele le preguntó a su padre: “¿Por qué aquí nunca hace sol?” El jefe Wai se entristeció: “Lo robaron hace ya mucho tiempo”. “Yo te lo traeré de vuelta”, dijo Mokele.
El muchacho cortó un gran árbol y lo vació para construir una canoa. Cuando la terminó, los animales salieron de la selva y le suplicaron que los llevara con él. “Te ayudaremos a recuperar el Sol. Si el dueño no quiere venderlo, le picaremos”, zumbaron las avispas. “Yo soy capaz de encontrarlo, aunque este escondido”, resopló la tortuga. “Yo tengo una vista magnífica y podría llevármelo volando”, chilló el águila.
“¡Bienvenidos a bordo!”, exclamó Mokele, y los animales se apiñaron en la canoa dejando apenas sitio para el joven.
Mokele remó por los ríos que atravesaban la selva. Pasados muchos días, llegó al territorio del jefe Mokulaka, que era el responsable de haber escondido el Sol. Mokele le fue a preguntar cortésmente: “¿Estaría dispuesto a venderme el Sol?”. El jefe Mokulaka no quería venderlo, pero al ver el feroz leopardo, el enorme mandril y los demás animales en la canoa, pensó que sería muy difícil quedárselo.
“Muy bien – respondió –, pero tendré que hablar con mi hijo para decidir un precio justo. Entretanto, ¿por qué no descansas un rato?”. Mokele accedió y se sentó bajo un árbol. El jefe Mokulaka corrió a ver a su hija. “Molumba – susurró –, ese hombre debe morir. Prepárale un veneno”. Pero el jefe no se fijó en la avispa que revoloteaba a su alrededor. La avispa volvió volando a Mokele y le avisó de lo que planeaban contra él.
Cuando el jefe invitó a Mokele a entrar en la cabaña de su hija, el muchacho actúo como si no supiera nada del veneno y se puso a charlar con Molumba. Ella se quedó tan prendada del apuesto joven, que tiró el veneno a escondidas.
Mientras Mokele y Molumba conversaban, la tortuga encontró el Sol escondido en una cueva, y sujetándolo con firmeza, lo sacó de allí.
El águila levantó a la tortuga con sus garras y remontó el vuelo. Por primera vez en mucho tiempo, el Sol se alzó en el cielo. Cuando Mokele y los animales vieron que el Sol iluminaba la selva, corrieron a la canoa acompañados por Molumba. Mokele se alejó remando río abajo tan deprisa como pudo. El jefe Mokulaka y sus guerreros los persiguieron hechos una furia, pero tuvieron que abandonar al verse atacados por un enorme enjambre de avispas.
Mokele remó sin parar de vuelta al poblado. “¡Padre – gritó –, te traigo el Sol!”. El jefe Wai y toda su tribu dieron grandes muestras de júbilo. El Sol volvería a salir cada mañana, iluminando con su luz maravillosa a todos los habitantes de la selva.
Mokele se casó con Molumba y fueron muy felices. El joven relató su aventura una y otra vez. Se la contó a sus hijos y a sus nietos, y las gentes que viven en la selva aún siguen contando la historia de Mokele y el rescate del Sol.
Cuento africano

Porqué Sapo y Culebra Nunca Juegan Juntos

Había una vez, que el niño Sapo estaba saltando a lo largo del arbusto cuando reconoció a alguien que no había visto nunca antes, descansando tendido a lo ancho del camino delante de él. Este alguien nuevo era largo y delgado, y su piel parecía brillar con todos los colores del arcoíris.
- Hola!, dijo el niño Sapo. ¿Qué estás haciendo tendido ahí en el camino?
- Solo calentándome en el sol, contestó el alguien nuevo, retorciéndose y volteándose y desenrollándose él mismo. – Mi nombre es niña Culebra. ¿Cuál es el tuyo?
- Yo soy niño Sapo. ¿Te gustaría jugar conmigo?
Así, niño Sapo y niña Culebra jugaron juntos toda la mañana en el arbusto.
- Mira lo que puedo hacer, -dijo niño Sapo, y saltó alto en el aire. Te enseñaré como hacerlo, si tú quieres, le ofreció.
- Así él enseñó a niña Culebra como saltar, y juntos ellos saltaron para arriba y para abajo en el camino a través del arbusto.
- Ahora mira lo que yo puedo hacer, dijo niña Culebra, y se arrastró sobre su barriga derechito hacia arriba en el tronco de un alto árbol. Te enseñaré si tú quieres.
Después de un rato ambos sintieron y decidieron ir a casa para el almuerzo, pero antes, se prometieron el uno y el otro, encontrarse de nuevo al día siguiente.
- ¡Gracias! por enseñarme como saltar, dijo niña Culebra.
- ¡Gracias! por enseñarme como subir árboles arrastrándome, - dijo niño Sapo.
Entonces, cada uno se fue a su casa.
- ¡Mira lo que puedo hacer mamá!, - exclamó niño Sapo, arrastrándose sobre su barriga.
- ¿Dónde tú aprendiste cómo hacer eso? – su madre preguntó.
- Niña Culebra me enseñó, él respondió. Nosotros jugamos juntos en el arbusto esta mañana. Ella es mi nueva amiga.
- ¿Tú no sabes que familia Culebra es una mala familia? – su madre preguntó. Ellos tienen veneno en sus dientes. No dejes que nunca yo te atrape jugando con uno de ellos otra vez. Y no dejes que yo te vea arrastrándote sobre tu barriga, tampoco. Esto no es decente.
Mientras tanto, niña Culebra fue a casa y saltó para arriba y para abajo para que madre la viera.
- ¿Quién te enseñó a hacer eso? – ella preguntó.
- Niño Sapo lo hizo, - ella respondió. El es mi nuevo amigo.
- Que locura, -dijo su madre. Tú no sabes que nosotros hemos estado en malos términos con la familia Sapo por tan largo tiempo que nadie puede recordar. La próxima vez que tú juegues con niño Sapo, atrapalo y cometelo. Y para de estar saltando. Esta no es nuestra costumbre.
Así, la mañana siguiente cuando niño Sapo encontró a niña Culebra en el arbusto, él mantuvo su distancia
- Tengo miedo, no puedo ir arrastrándome contigo hoy, dijo, saltando hacia atrás un salto o dos.
- Niña Culebra lo miró tranquilamente, recordando lo que su madre le dijo. “Si él se acerca mucho, yo lo envolveré y me lo comeré, ella pensó. Pero entonces recordó la mucha diversión que ellos tuvieron juntos, y cuán agradable había sido niño Sapo al enseñarle cómo saltar. De manera que suspiró tristemente para sus adentros y se deslizó hacia afuera del arbusto.
Y desde ese día en adelante, niño Sapo y niña Culebra nunca más jugaron juntos de nuevo. Pero ambos muy a menudo, se sentaron solos bajo el sol, cada uno pensando acerca del su único día de amistad.

Cuento africano

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